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De chile, de dulce y de manteca

ZOMBIS, MUERTOS EN VIDA

La avalancha consumista asociada al día de San Valentín, el alegórico día del amor, ha quedado reducida a un recuerdo (por un año) .  Es mucho lo que puede decirse sobre el tema del amor, y en la mayoría de las ocasiones, se termina hablando de ello, a partir de lugares comunes.

 

 

En diciembre de 2013, Xavier Guix, publicó en El País, un ensayo titulado:  El Síndrome de Anna Karenina. Aunque muy lejos de calificar al escrito, precisamente como un lugar común, sus conclusiones son propias de uno:

 

…El amor auténtico, el amor duro, no se robustece de sensiblerías, sino de la alegría de saber que podemos contar con el otro, pase lo que pase. Es el amor de la reciprocidad, de la amistad y del ágape, de la ternura y de la compasión.

 

Su lectura completa, resulta más que conveniente.

 

http://elpais.com/elpais/2013/12/05/eps/1386269002_585010.html

 

Lo anterior es tan cierto, como que la tierra gira alrededor del sol. Pero hablando en términos astronómicos, así como lo anterior es una verdad total, también lo es que la luna tiene un lado obscuro, un sector que ahí está aunque no lo podamos ver. 

 

En 1986, Robert Sternberg, un psicólogo norteamericano, académico de la Universidad de Yale, se propuso estudiar en serio el tema del amor, ya que siempre se había considerado un tema no contrastable, ni objeto de estudios científicos. Para tal efecto se propuso aislar los componentes necesarios para el éxito. Logró identificar tres variables: pasión, intimidad y compromiso, que le permitieron generar un constructo sabiamente plasmado en un triángulo. La ausencia de alguno de estos vínculos sería la causa probable de tantas parejas fallidas. A la inversa, el éxito de la pareja perfecta dependería de la materialización de un triángulo equilátero. Las variables identificadas fueron definidas así:

 

Pasión: fuerza motriz, física y emocional por nuestra pareja.

Intimidad: sentimiento de proximidad, comunicación y vinculación existente en una relación.

Compromiso: decisión que tomamos de amar a alguien y el esfuerzo que hacemos para mantener dicho amor

 

Así las cosas, la pasión resultaría ser el elemento motivacional de las relaciones; la intimidad por su parte, la variable que hace durar a las parejas, la que mejor predice satisfacción por la relación, mientras que el compromiso, el elemento bajo mayor control consciente y voluntario, la ayuda en tiempos difíciles y la convicción de luchar por el proyecto.

 

En los vértices del triángulo, de la pasión, se desprendería un amor pasional, un “amor fatuo”. Por lo que respecta a la intimidad, la resultante sería la presencia de cariño, un amor sin pasión ni compromiso. La consecuencia de una relación basada solo en el compromiso, sería un amor vacío, un “amor vacuo”.

 

De la unión de dos de los vértices del triángulo, se generarían otros productos:

Amor romántico: pasión + intimidad, ausencia de compromiso.

Compañerismo: intimidad + compromiso, ausencia de pasión

Amor fracaso: amor vacuo (compromiso) + amor fatuo (pasión), ausencia de intimidad.

 

La suma de las tres variables equivaldría al amor completo.

 

El texto de Sternberg, publicado por Paidos, puede ser consultado por quien le quiera clavar el diente a los estudios clínicos que generaron tan interesante teoría.

 

Pero, ¿Qué tiene que ver el constructo de Sternberg con lo mencionado por Xavier Guix, en su escrito en El País?  Para éste último y para muchos, un amor completo, con el paso del tiempo puede evolucionar a simple compañerismo, donde la pasión se ve substituida por sentimientos más profundos de compromiso e intimidad.

 

La tragedia de Anna Karenina fue sustentarse en un “amor fatuo”, un amor loco, que terminó destruyéndola. Ella nunca pudo experimentar la intimidad --el cariño-- como sentimiento de unión, de cercanía, de conexión, entrega, respeto, apoyo y deseo de promover el bienestar del otro, experimentar felicidad con el otro, incluso, más allá de la reciprocidad.  Y mucho menos, apreciar las ventajas de vivir con el otro las mieles de un compromiso cimentado día a día.

 

Ese amor sublime citado innumerablemente, cada vez que se lee a Pablo en su primera carta a los corintios, suele con más frecuencia de la debida, olvidarse de lo citado también en otro libro bíblico, el Cantar de los Cantares.

 

Al dejar de lado a la pasión en una relación, se deja ésta sin su principal elemento motivacional, se empieza de facto, a migrar a un estado angelical, pero con el agravante de que los ángeles no habitan en la tierra. La intimidad y el compromiso serían la harina, la sal y la levadura del pan de una relación, a la pasión le correspondería ser la mantequilla.

 

La evidencia clínica no se puede despreciar. En el compañerismo característico de una relación de pareja añeja (también en alguno de los otros tipos), se produce con frecuencia una búsqueda (clandestina) de la antigua pasión fuera de la relación, bien para “mantener” la relación de “compañerismo amoroso” que no se abandona, o bien en otros casos para romperla, y recuperar algo de la pasión que la actual relación de compañeros ya no proporciona.

 

El caso de Anna Karenina, es el ejemplo de la desdicha de una relación basada SOLO en la pasión, pero al vivir un amor SIN pasión, se deja de estar enamorado de la vida y se corre el riesgo de devenir en el infortunio de transformar a los amantes en zombis, en unos muertos en vida.

 

Salud y paz

 

Plutarco