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De chile, de dulce y de manteca

Elogio a la Estulticia

La semana pasada, durante una reunión académica, al estar intercambiando comentarios al término de la exposición que la motivó, se hizo alusión al papel que los directivos pueden tener en los procesos de toma de decisiones, y como en la percepción de algunos (yo incluido), éstos suelen responder a los siguientes principios:

 

 

Principio de Dilbert: Los trabajadores menos eficaces son trasladados sistemáticamente a puestos donde puedan hacer menos daño: se convierten en directivos.

Scott Adams.

 

Principio de Peter: En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta alcanzar su nivel de incompetencia.

Corolario de Peter: Con el tiempo, todo puesto de una jerarquía, tiende a ser ocupado por un empleado que es incompetente para desempeñar sus obligaciones.

Laurence J. Peter.

 

¿Con el historial que relata las apreciaciones de los directivos, pasa lo mismo que con las fábulas  que se dicen de las suegras? ¿Se trata más de una leyenda negra que de una certidumbre tangible?  Ante semejante interrogante yo respondería que, habría que remitirse a cada caso en particular, por aquello de que cría fama y échate a dormir; pero tengo la impresión que dicha fama, en muchos casos ganada a pulso, es el resultado de constatar sus acciones y no de una actitud preconcebida. Por sus frutos los reconocerán… (Mateo 7,16)

 

Estoy seguro que existe más de una hipótesis que pueda desentrañar ésta peliaguda cuestión, y que esa multiplicidad de posibilidades, tiene plausibilidad porque también son variadas las circunstancias. Un elemento que subyace con frecuencia en muchos de estos casos, es la consecuencia de la elección en las fidelidades del directivo.

 

Me explico: en la inmensa mayoría de los casos, el directivo no es elegido tomando en consideración la opinión y/o los intereses de los subordinados, sino en función de los intereses particulares de sus superiores. Aparece aquí esa especie de “pecado original” que marcará la trayectoria futura del directivo. Y en cierta forma se entiende: ellos me pusieron, mi lealtad será para con ellos; no con mis principios, mis subordinados o las necesidades de los que le dan razón de ser al puesto directivo. 

 

Se necesitan muchos, pero muchos pantalones para no adscribirse a ésta lógica. Si los intereses del directivo manifiestan un franco divorcio o desdén por los de los subalternos, o más grave aún, por los de quienes serán los receptores del servicio de que se trate, la apreciación a la que hacemos referencia se hará patente y el círculo se habrá cerrado. Un directivo con éstas características se torna en una especie de títere que responde a alguien o a algo. Funcionar así le resulta conveniente y rápido aprende que dicha dinámica rinde frutos… los frutos por los que será conocido.

 

Pero, a Dios gracias, lo anterior no es una regla que se cumple a pié juntillas (aunque su prevalencia vaya en aumento). La contraparte de un directivo así es el líder. Los directivos y los líderes son personas muy diferentes. Los procesos y las metas de los directivos son consecuencias de lo que se les demanda. Los líderes en cambio son activos en lugar de reactivos, adoptan una actitud personal hacia dichas metas y procesos.

 

Las instituciones del país requieren con urgencia los líderes que los tiempos demandan. Max de Pree define su tarea de manera contundente: La primera responsabilidad del líder es definir la realidad, la última es dar las gracias; y en medio de ese proceso está el servir. Es éste el tuétano de la cuestión. Solo el servicio por amor lleva a la plenitud humana. Nos hemos deshumanizado tanto que “el otro” está dejando de existir. En el centro de las acciones de un directivo que responde a las características antes descritas, a diferencia del líder, lo mueven sus intereses, no los de los que dirige o los de a quienes sirve. Primero es él.

 

Para el líder la dinámica es distinta. Los otros son su razón de ser. El que quiera ser el primero, que se haga el último y el servidor de todos (Marcos 9, 35).

 

Puede ser que como decía Sartre, que como todos los soñadores confunda el desencanto con la verdad. Puede ser. Algo bueno saco de los comentarios que la sesión académica de la semana pasada generó: confirmar mi postura ante la estulticia y compartirla con Ustedes.

 

Salud y paz

Plutarco