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De chile, de dulce y de manteca

UNA NOCHE EN LA OPERA

 

El profesor Navarro, encargado del grupo coral en la escuela donde cursé desde primaria hasta preparatoria, decía (y decía muy bien) que al sentarse a disfrutar de la música, era indispensable: a) no estar cansado ni desvelado para no quedarse dormido, b) olvidarse de todo lo que significara preocupación para no tener distracciones internas, c) estar en un ambiente propicio, un entorno ad hoc para no tener en éste caso, distracciones externas como ruidos extraños, pláticas de vecinos maleducados y/o desconsiderados, bancas incómodas, extremos climáticos (ni frio ni calor, como dijo el gallego), mala acústica (ello incluiría un encargado del sonido que no asumiera que los escuchas están sordos) y sobre todo, e) una imprescindible actitud de complicidad; el tropismo hedonista y lúdico que propicia el ponerse blandito para facilitar la vital conexión con el interprete, sea éste real o virtual. Si todo lo anterior se conjugaba, Navarrito aseguraba: “te la vas a pasar, mano…, a todo mecate”. Por desgracia, pocas veces se puede conseguir la alineación planetaria que genera que todo lo anterior ocurra.   

 

El sábado 04 de junio el milagro ocurrió. El Centro Cultural de Artes Escénicas La Petaka, dio inicio a un ciclo de recitales que semana a semana, se llevarán a cabo durante el mes de junio. Las artífices de éste suceso, fueron dos jóvenes hermosillenses: Gisela Machado en la voz (soprano) y Carolina Porras en el acompañamiento (pianista), con un programa muy bien elegido titulado Canciones de Italia y el Mundo. En el transcurso del recital,más de una vez el cuero se puso chinito, chinito y del gusto, no fue difícil parafrasear el diálogo que Julia Roberts y Richard Gere tienen en la cinta Pretty Woman (Garry Marshall, 1990), cuando ésta le refiere a él su impresión luego de gozar con la puesta en escena de La Traviata: “me gustó tanto que casi me meo”.

 

Me resultaron memorables, una pieza de Shubert (Du bist die ruh), una aria de Bajazet de Vivaldi (Sposa son disprezzata) y la canción I dreamed a dream del musical “Los Miserables” (C.M. Schöenberg). En ellas, además del deleite de escucharla, Machado dejó clara constancia de contar con una excelente dicción  al interpretar en alemán, italiano e inglés, respectivamente.

 

Resulta muy difícil al diseñar un repertorio para un recital de canto e incluir en él canciones populares, sustraerse de la lógica de conseguir arreglos musicales que migren hacia el espectro del barroco, para hacerlos concordantes con el contexto (acompañar a un(a) cantante con historial académico en donde se interpretan también, piezas extraídas de óperas clásicas). El sábado no fue el caso. Carolina Porras, quien hasta el momento acompañó de manera sobresaliente a Gisela Machado, recuperó en la parte final del programa, el tuétano original de melodías como Alma mía y Quizás, quizás.  No me cabe la menor duda que María Grever y Osvaldo Ferrés, donde estén, vieron con satisfacción la interpretación que éste dueto nos regaló a quienes tuvimos la oportunidad de escucharlas. Bien cantadas, bien acompañadas y sin condimentos innecesarios… tal como son.

 

Para el cierre, la manzana fue mordida… sin que ello signifique en éste caso ningún pecado. Así son las tentaciones… así son las inercias. Fue Bésame mucho (Consuelo Velázquez), quien con un arreglo suntuoso, nos ubicó en lo habitual, lo barroco. Machado invitó al estrado a Luis Adrián López para interpretarla y todos los asistentes aplaudimos éste as bajo la manga. Ya como encoré, y en un contexto más chacotero,le tocó a Agustín Lara  poner su granito de arena con Solamente una vez, que Gisela y Luis Adrián, acompañados de Carolina, hicieron con ésta, la cereza en el pastel.

 

La promoción del arte y la cultura es una tarea que sin la participación de organismos gubernamentales, difícilmente resulta contundente. Festivales como el Ortiz Tirado (de nuevo con perspectiva estatal), el Tetabiakte aquí en Ciudad Obregón, o las Fiestas del Pitic en Hermosillo, son ejemplos que contribuyen a ello. Pero todos tienen un común denominador que lleva implícito un riesgo indeseable: son gratuitos y nos dan la falsa idea de que no cuestan. Pero cuestan y cuestan mucho.

 

Hace días tuve la oportunidad también de disfrutar de un concierto que Carlos Prieto ofreció en la localidad. Supuse que tendría dificultad para conseguir boletos a última hora. No fue así. El auditorio que lo acogió, en otras ocasiones “hasta las greñas” cuando es de gorrión, ese día no se llenó. ¿Sería mucho pagar $150.00 por escuchar al más grande chelista de México y uno de los mejores del mundo? Se hizo patente la máxima de “dadas, hasta las puñaladas”.

 

Ignoro qué pasó con el Ars Vocalis que el año pasado hizo su debut en Ciudad Obregón. Me dolería mucho pensar que fue debut y despedida. También fue gratuito, pero como mencioné, el hecho que no se cobre, no quiere decir que no cuesten. Cuestan y cuestan mucho. Es por eso que aplaudo esfuerzos como los que realiza La Petaka. Visto desde una perspectiva cuantitativa, el sábado disfruté de una docena de canciones (sin contar la de pilón). El costo del recital fue de $100.00 por persona. Salió a $8.35 la rola… Salen más caras con un mariachi de quinta en una pisteada.

 

Salud y paz

 

Plutarco.