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Alfonso Durazo: más allá del eslogan

Alfonso Durazo Montaño recibió ayer la constancia que lo acredita como gobernador electo. En su discurso dijo lo que se suele decir en estos casos y lo que muchos querían oír, aunque otros no tanto: no hay rencores ni agravios, gobernaré para todos, vamos a inaugurar una nueva forma de hacer política, combatiremos la corrupción, Sonora será de todos y no de unos cuantos…

Esta última frase, por cierto, fue su eslogan de campaña.

Los eslóganes de campaña son interesantes porque de alguna manera sintetizan la idea con la que cada candidato busca llegar al Palacio de Gobierno y se supone que a partir de esa idea se desarrollan las políticas públicas una vez asumido el mandato.

Con Rodolfo Félix Valdez fue ‘Experiencia y solidez’; con Manlio Fabio Beltrones fue ‘Vamos por más progreso’; con Armando López Nogales: ‘Armando juntos un mejor futuro’; con Eduardo Bours un lacónico ‘Yo con Bours’; con Guillermo Padrés, ‘Un nuevo Sonora’ y con Claudia Pavlovich ‘Otro Sonora ya’.

Ya cada quien sacará cuentas de cómo le fue en cada una de esas ferias, pero lo cierto es que estamos por estrenar un nuevo gobierno y conviene detenerse, más que en el eslogan, en el contenido de ese primer discurso porque plantea algunas cosas interesantes.

Algunas de ellas inspiradas, creo, más en el voluntarismo y las buenas intenciones que en las posibilidades reales de concretarlas, señaladamente las relacionadas con el origen y destino del presupuesto público, básicamente porque no dependen de él, sino de una política diseñada y ejecutada por la federación, que a lo largo de estos primeros tres años no ha tenido variables sustanciales.

La mayoría lograda por Morena en el Congreso de la Unión hace prever que por cuarta ocasión el paquete fiscal presentado por el presidente sea aprobado tal cual, sin cambiarle prácticamente una coma. Y eso significa que la mayor parte del presupuesto se destine a las obras estratégicas del presidente: tren maya, aeropuerto Felipe Ángeles, refinería Dos Bocas, corredor transítsmico y, sobre todo, cientos de miles de millones de pesos para los programas sociales que, ya se vio, tienen una enorme redituabilidad político-electoral.

La gran apuesta de Alfonso Durazo es la misma que la de Andrés Manuel López Obrador: austeridad extrema y combate a la corrupción, dos conceptos que, a tres años de distancia, tienen mucho de discutible.

Recuerdo como si fuera ayer el cierre de campaña de López Obrador en la plaza Emiliana de Zubeldía en 2018. Allí citó al Banco Mundial para sostener que por el caño de la corrupción peñanietista se iban 500 mil millones de pesos. Fue más allá. Dijo que según sus datos, esa cifra alcanzaba el millón de millones, pero fue condescendiente y dijo que la iba a dejar en la mitad. Con eso, aseguró, se resolvería el tema de las becas y pensiones para jóvenes, adultos mayores, discapacitados y mujeres, sin tocar otras partidas presupuestales.

Pero algo pasó en el camino porque se tuvo que rifar el avión presidencial (que sigue a la venta); en 2020 se utilizaron 204 mil millones de pesos del Fondo de Estabilización de los Ingresos Presupuestarios (el 94%), y 30 mil millones de pesos del Fondo de Estabilización de los Ingresos de la Entidades Federativas (poco más de la mitad). 

También se echó mano de 250 mil millones de pesos por la extinción de al menos 281 fideicomisos para destinarlos a reforzar las finanzas de Pemex, a los programas sociales, créditos y al pago de deuda pública.

Pero volviendo al plano estatal, en la rueda de prensa posterior a la entrega de su constancia de mayoría, Alfonso Durazo aseguró que el primer año será de reordenamiento económico y saneamiento de las finanzas públicas, pero que para el segundo año de su gobierno contaría con un monto de entre 5 mil y 7 mil millones de pesos para orientarlos a la inversión pública.

Es un monto considerable, equivalente a más del diez por ciento del presupuesto estatal, que oscila en los 60 mil millones de pesos.

De alguna manera, Durazo está asumiendo que o no habrá recursos federales para obra pública o los habrá muy limitados, como ha ocurrido en los tres años de López Obrador. Recordemos que en el presupuesto 2021, el Congreso de la Unión aprobó una sola obra para Sonora, y fue la carretera Agua Prieta-Bavispe, precisamente.

Sedatu también realizó algunas obras en ciudades fronterizas como San Luis Río Colorado y Nogales; se construyeron algunas universidades Benito Juárez en Etchojoa, Agua Prieta y Sonoyta. Fuera de eso, la inversión en obra pública brilló por su ausencia, salvo en el caso del hospital de especialidades que se construye en Hermosillo.

Siendo optimistas, hay que pensar en que, ya con un gobernador de Morena, con una mayoría de diputados federales de Morena y con un presidente de Morena, se reconsideren criterios para la inversión en obra pública en el estado, lo cual sería muy importante porque eso tiene un efecto multiplicador en la generación de empleos y la derrama económica.

Insistir en que los recursos obtenidos por el combate a la corrupción y por la austeridad republicana serán suficientes para el despegue del ‘Sonora de todos y no de unos cuantos’ puede resultar insuficiente, o traducirse, como en el plano federal en un buen recurso propagandístico, muy redituable políticamente pero con pocos resultados en el estado y sobre todo en los municipios.

Los tres años de las administraciones que concluyen al finalizar este 2021son ejemplo claro de que sus principales demandas en materia de infraestructura urbana, servicios públicos y sobre todo, seguridad fueron fatales.

Una ojeada somera a los municipios más grandes dará cuenta de la poca o nula inversión que hubo en pavimento, agua potable, drenaje, seguridad, entre otros.

Como pieza discursiva, la de Alfonso Durazo ayer fue impecable y esperanzadora. Se comprometió a dejar atrás el autoritarismo, el abuso, la discrecionalidad y la falta de transparencia; a darle mayor vigencia a las libertades públicas, acabar con la persecución política contra disidentes y opositores, a acabar con la perniciosa confusión de límites entre partido y gobierno.

A profundizar la democracia, a recuperar la mística del servicio público, a terminar con la simulación y la simbiosis entre el poder político y el poder económico, así como con el robo, la extorsión y el despilfarro como sinónimos inseparables de quienes ocupan un alto cargo público.

A acabar con las familias enriquecidas sexenalmente, a facilitar la inversión con auténtica y libre competencia en contratos y obras a cargo del gobierno del estado.

Por cierto, mencionó que “la clase media dejará de perder nivel de vida y recuperará progresivamente el terreno perdido”, una frase que llamó la atención pues fue esa clase media la que mayoritariamente votó en contra de Morena, como lo ha reconocido el propio presidente de la República, que además no se refirió en buenos términos a ese sector de la sociedad.

En fin, es imposible disentir con todo lo que Alfonso Durazo planteó en ese su primer discurso como gobernador electo y por el bien de todos es mejor que se cumpla.

Hay, sin embargo, esos elementos y variables que no dependen de él ni de su voluntad, que podrían entorpecer el camino. Nada sería más lamentable que observar, después del 16 de septiembre que las soluciones planteadas en campaña se convierten en pretextos, o que recobre vigencia la parábola del borracho y el cantinero.

Finalmente, me quedo, además del llamado a la unidad y a darle vuelta a la página de las campañas electorales, con un par de párrafos de ese discurso:

“Mi objetivo es formar una nueva generación política, caracterizada por el entreveramiento de género y el equilibrio entre experiencia y juventud; una generación caracterizada por la honestidad, la sensibilidad social y la capacidad política para responder al mandato de permanente cercanía que nos han dado las y los electores”.

“Aspiraré siempre a merecer que mi pueblo, mi gente, esté también las 24 horas a mi lado, porque el cambio que nos proponemos es tarea de todo un pueblo y no de un solo hombre, por capaz y comprometido que sea”.

Ya se verá.

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