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El abogado no llega tarde… lo llaman tarde

Hace poco me buscó un empresario.

La frase fue breve y aparentemente inocente:

— “Licenciado, ¿puede revisar el contrato? Ya está todo acordado.”

En realidad, esa frase en lenguaje jurídico tiene otra traducción: la negociación terminó, nadie quiere mover una coma y el abogado entra únicamente para “bendecir” un documento que otros diseñaron sin considerar sus efectos legales.

Y ahí empieza el problema.

Cuando el abogado aparece al final, cualquier observación se interpreta como un obstáculo. Si sugieres una garantía, parece desconfianza. Si ajustas un plazo, parece que retrasas la operación. Si propones una cláusula de penalización, creen que estás complicando algo que “ya está arreglado”.

Pero el derecho no funciona sobre percepciones; funciona sobre consecuencias.

En ese caso concreto, al revisar el contrato detectamos algo que para las partes era irrelevante: la forma de pago no estaba jurídicamente asegurada. Habían pactado montos, fechas y entregas… pero no existía un mecanismo efectivo de cumplimiento ni una estructura de responsabilidad clara. En otras palabras: el negocio estaba bien negociado comercialmente, pero mal construido legalmente.

¿El resultado?

Para corregirlo hubo que volver a hablar con la contraparte. Y claro, eso incomodó. No porque fuera incorrecto, sino porque psicológicamente las partes sienten que renegocian algo que ya habían cerrado.

Aquí está la lección importante:

El abogado no sirve principalmente para pelear juicios.

Sirve para evitar que existan.

Cuando participa desde el inicio de la negociación, no frena la operación; la ordena. No complica el acuerdo; lo vuelve ejecutable. No introduce desconfianza; introduce certeza.

Un contrato no es un resumen del acuerdo, es el sistema de protección del acuerdo.

Porque negociar precios, tiempos y entregas es la parte fácil. Lo complejo es prever qué ocurrirá si alguien incumple, si cambia el mercado, si surge un imprevisto, si aparece un tercero afectado o si una autoridad interviene. Y ese análisis no es comercial: es jurídico.

Por eso, cuando el abogado llega tarde, parece incómodo.

Cuando llega a tiempo, ni siquiera se nota… pero es quien sostiene el negocio.

En la práctica profesional uno aprende algo muy claro: la mayoría de los litigios no nacen por mala fe, nacen por acuerdos mal estructurados.

Y casi siempre comienzan con la misma frase:

“Lic, nada más revísalo… ya está todo arreglado.”

La realidad es otra: lo verdaderamente arreglado es aquello que se pensó jurídicamente desde el principio. Porque al final, quien terminará resolviendo el problema legal será el abogado… la diferencia es si lo hace en un contrato o en un juicio.

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