
o solo EE.UU. tiene planes para que la humanidad regrese a la Luna. Si la misión Artemis IV de la NASA prevé cumplir el sueño para 2028, China espera hacer lo mismo alrededor de 2030, previsiblemente utilizando su cohete Larga Marcha 10 y un aterrizador lunar en desarrollo. La opacidad de la Administración Nacional del Espacio de China (CNSA) no permite conocer mucho de sus avances, pero una de las cuestiones que obligatoriamente deberán tener en cuenta sus científicos es el lugar más apropiado para el alunizaje.
Investigadores de la Universidad de Geociencias de China en Wuhan han propuesto cuatro objetivos candidatos dentro de una región de especial interés, Rimae Bode. La zona se considera de gran valor científico por la variedad de sus características geológicas y materiales superficiales, que pueden ofrecer mucha información sobre cómo han cambiado la superficie y el interior del satélite a lo largo del tiempo. Su terreno relativamente plano y su visibilidad directa desde la Tierra también la convierten en una opción atractiva.
Las observaciones de Rimae Bode, ubicada en el límite entre el Mare Vaporum y las tierras altas de la cara visible central de la Luna, revelan cinco tipos distintos de terreno. Según el trabajo publicado en ‘Nature Astronomy’, los investigadores identificaron una capa oscura de escombros volcánicos, una llanura basáltica llamada Sinus Aestuum, dos áreas separadas de riles (valles largos y estrechos formados por actividades volcánicas y tectónicas en la Luna) y las tierras altas circundantes.
Erupciones volcánicas
Al examinar las formas de los canales de la región y contar los cráteres de impacto, los autores reconstruyeron evidencia de varios eventos volcánicos separados que ocurrieron en diferentes momentos, siendo el más temprano una erupción piroclástica hace unos 3.200 a 3.700 millones de años. Los resultados indican que desde los cuatro posibles sitios de aterrizaje propuestos dentro de Rimae Bode, los astronautas podrían acceder con seguridad a una diversidad de estructuras geológicas, incluyendo escombros volcánicos, basaltos de mar, terrenos con alto contenido de torio y depósitos derivados de impactos.
Los autores señalan que la seguridad en las operaciones de superficie requerirá una evaluación cuidadosa de las pendientes, la distribución de las rocas y las distancias transversales, así como mapas de mayor resolución. Investigaciones futuras podrían refinar estas evaluaciones y aclarar aún más el potencial de la región.
China ha acelerado sus proyectos de exploración espacial en los últimos años, especialmente los que tienen que ver con la Luna. En junio de 2024, la misión robótica Chang’e-6 trajo a la Tierra por primera vez muestras de roca y suelo de la misteriosa cara oculta de la Luna: dos kilos de rocas y regolito del cráter Apolo, en la cuenca Aitken. Antes, en 2019, la misión china Chang’e 4 fue la primera en conquistar la cara permanentemente oculta, un hito histórico en la exploración lunar y una hazaña que aún no ha sido emulada por ningún otro país. Los numerosos cráteres profundos y oscuros de la región dificultan las comunicaciones y las maniobras de las naves espaciales, por lo que se trata de misiones de extrema dificultad. En 2020, Chang’e 5 logró traer casi 2 kilos de rocas de la cara lunar que siempre vemos. Solo otros dos países, EE.UU. y la entonces Unión Soviética, han conseguido hacerlo.
El objetivo de Pekín no es solo la exploración espacial y el desarrollo tecnológico. También busca nuevas materias primas y fuentes de energía en el espacio. Por ejemplo, ya ha anunciado su interés por extraer de la Luna sustancias como tierras raras y helio-3, que algún día podría emplearse como combustible en reactores de fusión nuclear.
Fuente: abc.es
















































