
Un estudio internacional realizado en el área de Ciudad del Cabo, Sudáfrica, encontró una elevada presencia de residuos de productos utilizados para controlar roedores en ejemplares de caracal (Caracal caracal), un felino que habita en zonas donde los espacios urbanos y naturales se encuentran cada vez más próximos.
La investigación analizó muestras de hígado pertenecientes a 102 caracales recolectadas entre 2015 y 2024. En el trabajo participaron investigadores del Grupo de Investigación en Toxicología de Fauna Silvestre del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC-CSIC, UCLM, JCCM), junto con especialistas de otras instituciones.
Los resultados mostraron que el 78,4 % de los animales examinados tenía restos de rodenticidas en el hígado. Además, el 53,9 % presentó evidencias de exposición a más de un compuesto. En algunos ejemplares se detectaron hasta seis sustancias diferentes.
Entre los productos encontrados destacaron los rodenticidas anticoagulantes de segunda generación, especialmente el brodifacoum y la bromadiolona. Estas sustancias pueden permanecer durante periodos prolongados en los tejidos de los animales y trasladarse a través de la cadena alimentaria.
La exposición aumenta con la edad
Los investigadores observaron que los ejemplares adultos presentaban mayores concentraciones de estos compuestos que los individuos jóvenes, un resultado compatible con una acumulación progresiva a lo largo del tiempo.
El estudio también encontró evidencia de transferencia de cumatetralilo de la madre al feto, lo que indica que la exposición puede comenzar antes del nacimiento. Asimismo, algunos caracales subadultos con menor condición corporal mostraron mayores niveles de rodenticidas.
La investigación examinó además las características de los lugares donde fueron encontrados los animales. La presencia de establecimientos dedicados a la hostelería, como restaurantes, cafeterías y negocios de comida, apareció como uno de los factores relacionados de manera más constante con la contaminación.
Los investigadores señalan que la acumulación de residuos orgánicos puede favorecer la presencia de roedores y, como consecuencia, aumentar el empleo de productos destinados a combatirlos.
También se registraron mayores niveles de exposición en ejemplares procedentes de determinadas áreas urbanas con mayor cobertura vegetal y en zonas cercanas a viñedos y humedales.
El veneno llega a los depredadores a través de la cadena alimentaria
Uno de los aspectos destacados del estudio es que los caracales no parecen obtener estos compuestos principalmente al consumir directamente ratas. Según el análisis de su alimentación, la rata parda (Rattus norvegicus) representa apenas el 0,61 % de su dieta.
Los investigadores plantean que la exposición puede producirse de manera indirecta. Los caracales pueden consumir pequeños depredadores, reptiles o aves que previamente estuvieron en contacto con los rodenticidas al alimentarse de animales contaminados o de presas presentes en zonas donde se utilizan estos productos.
Esta situación convierte al caracal en un posible indicador de la contaminación que puede desplazarse desde las áreas urbanizadas hacia los ecosistemas cercanos.
Proponen reducir el uso de venenos
Los autores consideran necesario mejorar las estrategias de control de roedores para disminuir los riesgos sobre la fauna silvestre. Entre las medidas planteadas se encuentran una mejor gestión de los residuos orgánicos, el uso de métodos físicos para impedir el acceso de roedores a edificios y una regulación más estricta de determinados rodenticidas en las proximidades de espacios naturales.
El estudio no plantea que la presencia de estos compuestos implique automáticamente una intoxicación mortal en todos los animales analizados, pero sí evidencia una exposición extendida y la posibilidad de efectos acumulativos que requieren mayor investigación.
El caso del caracal muestra cómo una práctica utilizada para combatir plagas en las ciudades puede terminar afectando a especies silvestres. Para los investigadores, reducir el contacto entre los rodenticidas y la cadena alimentaria es una pieza importante para proteger la biodiversidad en las zonas donde las ciudades y los ecosistemas naturales están en contacto.