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Salud pública: Anatomía de un colapso

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La salud pública de nuestro país se encuentra ingresada en la sala de urgencias, no por falta de vocación de quienes visten batas blancas, sino por el abandono estructural que ha convertido el ejercicio de la medicina en una labor de supervivencia. Lo que hoy atestiguamos en las calles es el desbordamiento de un malestar acumulado que ha dejado de contenerse en los pasillos de las clínicas para volverse un grito de auxilio colectivo en el asfalto.

 El Instituto Mexicano del Seguro Social enfrenta una de sus pruebas más ácidas, y la respuesta institucional dista mucho de estar a la altura de la dignidad de sus trabajadores. Para entender la magnitud del colapso es indispensable trazar la ruta de la indignación. Todo comenzó a visibilizarse de manera articulada el pasado veinticuatro de septiembre, cuando un contingente de cientos de médicos y enfermeras marchó en la Ciudad de México denunciando una preocupante escasez de insumos básicos y reformas estatutarias que, lejos de protegerlos, se percibían como represalias contra la disidencia laboral. La tensión escaló de manera drástica el ocho y nueve de octubre, cuando los bloqueos en las avenidas más importantes de la capital y en al menos siete estados reflejaron que el desabasto de medicamentos y la saturación hospitalaria eran ya insostenibles. Tras un fin de semana marcado por desalojos policiacos y una preocupante falta de acuerdos, el contingente médico organizó una imponente megamarcha nacional que paralizó el Paseo de la Reforma, sirviendo como antesala a la consulta sindical donde la base trabajadora manifestó su contundente rechazo al raquítico aumento del dos punto nueve por ciento directo al salario. En medio de esta tormenta, el papel de la Cámara de Diputados ha sido penoso por su pasividad. El poder legislativo, con su facultad exclusiva para aprobar el presupuesto de egresos, ha mirado hacia otro lado mientras los recortes presupuestales y los topes financieros asfixian al sector público. Los diputados han servido de muy poco; se han limitado a discursos estériles y a sumarse a la queja de forma testimonial cuando el conflicto ya es mediático, ignorando que el gasto destinado a la salud se mantiene sistemáticamente por debajo de los estándares internacionales indispensables para garantizar la universalidad del servicio. Su incapacidad para legislar un financiamiento digno y blindar los recursos hospitalarios demuestra una desconexión absoluta con las necesidades del pueblo y de los profesionales de la salud. Frente a la indolencia burocrática y legislativa, destaca el esfuerzo titánico, casi milagroso, del personal médico y de enfermería. Estos profesionales de la salud, bautizados en su momento como los “héroes de la pandemia”, continúan redoblando jornadas, atendiendo partos, realizando cirugías complejas y manteniendo activos los servicios de urgencia ebn medio de las protestas para no desamparar a los derechohabientes. Es conmovedor, y a la vez indignante, ver cómo mitigan las carencias del sistema poniendo dinero de sus propios bolsillos para comprar guantes, jeringas o material quirúrgico esencial. Su compromiso ético es el único dique que contiene el colapso definitivo del sector público; salvan vidas todos los días en la precariedad absoluta, demostrando que mientras las autoridades fallan en la gestión, la base trabajadora nunca le da la espalda a la salud de la nación.

El desenlace de esta crisis no puede seguir postergándose en la mesa de las promesas políticas, sino que exige una reingeniería profunda que comience en San Lázaro con un presupuesto robusto, blindado y fiscalizado para la salud pública. La solución de fondo demanda voluntad política para dignificar las condiciones laborales del gremio, garantizando un abasto real de insumos que libere a los médicos de la carga de financiar la precariedad institucional con sus propios recursos. De no ser así, el costo social de mantener al instituto bajo un tratamiento de parches burocráticos y paliativos financieros será el colapso definitivo de un sistema que hoy solo respira gracias al respirador artificial que representa la vocación inquebrantable de su personal.

Dr. César Álvarez Pacheco

cesar_ap@hotmail.com

@cesar_alvarezp

Huatabampo, Sonora

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