En Rinca, una isla que forma parte del Parque Nacional de Komodo, una hembra de dragón utiliza la lengua para detectar olores y sabores en el aire. Cada uno de los dos extremos de la lengua bífida capta moléculas de presas o de carroña y las traslada a un órgano sensorial de la boca, que le marcará el camino a seguir.

Un dragón adulto merodea cerca de la aldea de Komodo. Con población humana viviendo dentro del parque nacional, cuyo objetivo es proteger a este lagarto en estado salvaje, y con las fronteras del hábitat de la especie mal delimitadas, los encuentros con el dragón son inevitables. La mayoría termina sin daños.
Con dos hilos de saliva colgándole de la boca, un dragón de Komodo exhibe sus andares en Rinca durante la bajamar. Su saliva es venenosa, pero las presas suelen morir por los desgarros o, si logran huir pese al mordisco, por la infección de las heridas.
Los dragones recién salidos del cascarón suben rápidamente a los árboles, donde permanecen la mayor parte de su primer año de vida. Allí comen insectos, huevos de ave y otros lagartos, una buena forma de practicar la caza de presas más grandes que deberán realizar una vez abandonen la seguridad del follaje.
Este animal se cree que habite la tierra desde hace miles de años pero no se tiene registro alguno de su primera vez que se topo con un ser humano.
Mientras tanto lo puedes encontrar en cautiverio en distintos lugares de México o como extrañas mascotas pero no se recomienda acercarse ya que podria reaccionar agresivamente.
















































