En sus inicios, Ciudad Obregón era un pueblo rural.-

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En sus inicios, Ciudad Obregón era un pueblo rural.- Comunidad polvorienta y con lodazales durante la temporada de lluvias; los hogares eran abastecidos de agua, leña y petróleo por jornaleros de la vida.- Se conjugaron, sin duda, el esfuerzo de pobladores y la visión de gobiernos que trazaron la ruta del progreso

Bernardo Elenes Habas

En sus inicios, la cabecera municipal de Cajeme, Ciudad Obregón, era apenas un pueblo polvoriento y con lodazales en sus calles durante la temporada de lluvias. Pero siempre estaba latente la disposición de sus pocos habitantes a construir la ruta del progreso.

Cierto, se constituía en cabecera municipal desde 1928, pero evidentemente le quedaba grande la categoría de ciudad, no obstante que prevalecía voluntad en los alcaldes que ocupaban el cargo y que gestionaban recursos ante las autoridades estatales, motivando a las familias para que se sumaran y se atrevieran a soñar en grande.

Así pasaron por la alcaldía Ignacio Ruiz Armenta, 1928; Ignacio Mondaca, 1928-1929; Gustavo Cuevas, 1929-1930, etapa en la que Cajeme vivió el llamado Movimiento Renovador, propiciado a nivel nacional por el general José Gonzalo Escobar contra Plutarco Elías Calles, cuyo objetivo era evitar que el llamado Jefe Máximo impusiera a Emilio Portes Gil en la presidencia de México, luego que murió asesinado el presidente electo Álvaro Obregón. Gonzalo Escobar fue derrotado, no sin antes dejar huella en el Municipio donde se suscitaron bombardeos y hubo persecuciones políticas.

Pese a los contratiempos que se generaban en los procesos electorales de Cajeme, con el predominio del partido fundado por Calles (PNR, luego sería PRM y actualmente PRI), donde también hacía valer sus fortalezas la CTM al interior del tricolor, e igualmente el Partido Popular Socialista, la comunidad siguió avanzando, fortalecida en la actividad primaria de la agricultura y un visionario comercio que crecía.

Sin embargo, prevalecían las pasiones por el poder público que entorpecían los mandatos de los alcaldes electos, incluso oponiéndose violentamente en varios casos a que algunos ocuparan sus cargos, como sucedió en el periodo 1935-1937, donde Crisógono Elizondo fue declarado triunfador en las urnas, pero la fuerza combativa de los grupos obrero y campesino no le permitieron ejercer, designando el gobernador Ramón Ramos un Consejo Municipal encabezado por Antonio Salmón, quien debería convocar a nuevas elecciones.

Ese tipo de acciones se repitieron a través de un largo trayecto electivo municipal, situación que, ciertamente, se constituyó en retraso para el florecimiento anhelado de una comunidad que estaba destinada a marcar rumbo en el sur de Sonora, y a convertirse, con el tiempo, en el segundo municipio más importante de la Entidad.

El servicio de abastecimiento de agua era logrado por las familias que podían realizar esa inversión, a través de la construcción de norias, mientras que el grueso de la población tenía que comprar el vital líquido a los barriqueros, práctica que se extendió por un largo trecho de la microhistoria regional.

Estos personajes fueron indispensables con sus carretas movilizadas por caballos o mulas, con una barrica de madera sujeta por tres aros de fierro empotrada, que le daban consistencia al cubo, sin permitirle fugas del vital líquido.

Todavía en los años 50, la calle 6 de abril se convertía en tropel de cascos, herraduras y barricas provenientes de la parte poniente de la ciudad, principalmente de la colonia Hidalgo (Los Cartelones o Barrio de los Locos, así también se le identificaba), para llenar sus depósitos en los pozos ubicados sobre la misma 6 de abril esquina con Coahuila, propiedad de los “Gachupines”, como se le conocía a la familia de don Domingo García. O bien, por la calle Jesús García y Colima, donde funcionaba otro centro de abastecimiento.

Los niños de esa época recuerdan los gritos, silbidos, cantos, latigazos al aire de los vendedores de agua, y el nutrido golpeteo de los cascos de los caballos sobre las calles desnudas, cuando el sol no asomaba en el oriente aún, y llegaban a los pozos para enseguida iniciar la distribución en los hogares.

Diez centavos primero, luego 25 y al paso de los meses 30, era el costo de la lata mantequera acondicionada con agarraderas para vaciarla en los recipientes de las amas de casa. Y los barriqueros como Daniel Miranda y Pedro Gómez, recorrían las polvorientas calles Cuchus (Jesús García); Zaperoa (6 de Abril); Tézamo ((Niños Héroes), esperando ser llamados, a su paso frente a los breves chinames de horcones, con techo de tierra y paredes de carrizo enjarradas con barro.

Era un oficio digno ser barriquero. Hombres jóvenes y maduros, vistiendo ropa de mezclilla y sombrero de palma, con un monedero de cuero en su cintura, donde resguardaban el producto de las ventas. Ellos le silbaban o cantaban a la quietud del día al ritmo lento de sus bestias mientras hacían sus recorridos, y tal vez soñaban en que esa actividad sería para siempre, sin pasar por sus mentes rurales que algún día el agua sería entubada y llegaría a los linderos de cada hogar…

Otros personajes típicos e indispensables en el Cajeme viejo, fueron los vendedores de leña. Igualmente se desplazaban en carretas con sus cargas de mezquite seco, que entregaban en las casas, donde las hornillas de adobe esperaban el combustible para el cocimiento del frijol, la hechura de tortillas de maíz y harina, el hervido de café de talega tostado en casa, la preparación del cocido, los quelites, chuales, verdolagas recolectados a la vera de los canales o en los llanos.

Ellos fueron desplazados, al paso de los años, por las estufas de petróleo primero, luego por las de gas. Pero también se volvía necesaria la compra de petróleo en los pocos abarrotes que había, o en expendios exprofeso, porque era el combustible para cachimbas y lámparas de mecha y tubo de cristal que alumbraban tímidamente las penumbras de las casitas, a veces con flamas temblorosas debido al viento norte que se colaba entre las rendijas de las puertas de madera y los carrizos de las paredes, anunciando, junto con el graznido de la lechuza que cruzaba el cielo estrellado, un frío invierno…

Es verdad que algunas casas y negocios del centro contaban ya con luz eléctrica desde 1925, proveniente de la planta generadora instalada por el general Álvaro Obregón en la esquina de las calles No Reelección y Sufragio efectivo. Sin embargo, era privilegio de pocos…

Indudablemente que en el devenir histórico de la ciudad y del municipio mismo, junto a los nombres de personajes sobresalientes, prevalecen, también, las manos anónimas de los trabajadores, entre ellos los barriqueros, leñeros, albañiles, carpinteros, zapateros remendones, talabarteros, sastres, costureras, panaderos, peones de diferentes actividades, labradores que sembraron su sangre y sus almas en las parcelas pródigas de un Valle que no les pertenecía pero que amaban y hacían producir como propias…

Son estas memorias colectivas las que también deben conocer y beberse como un rayo de luz para su conciencia, las presentes y las nuevas generaciones. Las que están obligadas a sentir la raigambre, las luchas y el destino de sus comunidades, y fundamentalmente, el impulso y la voluntad de quienes abrieron camino hasta llegar a este 2022, con vocación de trascender, sin olvidar la conjugación de humildad y visión de futuro, barro que moldeó el espíritu de quienes le dieron forma y dimensión a Ciudad Obregón, llenándola de vida e historia…

Le saludo, lector.