El cráneo del dodo revela una forma de vida muy distinta a la que imaginábamos

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Durante mucho tiempo, el dodo ha sido representado como un ave torpe y poco hábil. Sin embargo, un nuevo estudio sobre sus restos óseos sugiere que esta imagen podría ser una simplificación. El análisis de sus cráneos permitió a los científicos obtener pistas sobre la manera en que este animal utilizaba sus sentidos y se desenvolvía en su entorno.

El trabajo, publicado en Zoological Journal of the Linnean Society, comparó al dodo (Raphus cucullatus) y al extinto solitario de Rodrigues con varias especies de palomas y tórtolas que todavía existen.

Para realizar la investigación, los especialistas utilizaron tomografías computarizadas de decenas de ejemplares. Entre los materiales estudiados se encontraban tres cráneos de dodo y cuatro del solitario de Rodrigues. Con las imágenes crearon modelos digitales del interior de los cráneos, conocidos como endomoldes, que permiten estudiar la forma de algunas estructuras relacionadas con el cerebro.

Una visión diferente

Uno de los resultados más llamativos estuvo relacionado con la visión. Aunque el dodo tenía unas órbitas oculares relativamente grandes, la región cerebral asociada con el procesamiento de determinados estímulos visuales era considerablemente menor que en otras aves analizadas.

Esto no significa que el dodo tuviera una mala visión. Los investigadores estimaron que podía presentar una agudeza visual considerable. Sin embargo, las características de su cerebro indican que posiblemente procesaba las señales visuales de una manera distinta a sus parientes actuales.

El tamaño reducido de los lóbulos ópticos también llevó a los científicos a plantear que el dodo pudo desarrollar parte de su actividad durante periodos de iluminación más baja, como el amanecer o el atardecer. Aun así, los autores no consideran que exista evidencia suficiente para clasificarlo como un animal exclusivamente nocturno.

El olfato podría haber sido importante

El estudio también encontró diferencias en las estructuras cerebrales relacionadas con el sentido del olfato. En los ejemplares donde pudieron analizarse los bulbos olfatorios se observaron variaciones importantes.

Estos resultados podrían indicar que el olfato desempeñaba un papel relevante en la vida del dodo, posiblemente para encontrar alimento o interactuar con otros individuos. No obstante, los investigadores señalan que hacen falta más fósiles y ejemplares para confirmar esta posibilidad.

También analizaron estructuras vinculadas con los nervios que transmiten información sensorial desde el pico. Debido a las limitaciones que existen al interpretar estos rasgos únicamente a partir de los huesos, los científicos consideran que todavía no es posible determinar con precisión qué tan desarrollado estaba este sentido.

No hay pruebas de que fuera un ave “tonta”

Otro aspecto importante de la investigación fue el análisis del tamaño relativo de diferentes regiones cerebrales.

Los resultados no mostraron diferencias significativas en el tamaño relativo del telencéfalo del dodo frente a otras especies de palomas estudiadas. Por ello, el trabajo no respalda la antigua representación del dodo como un animal especialmente poco inteligente.

Su comportamiento aparentemente confiado ante los seres humanos pudo tener una explicación diferente. El dodo evolucionó durante miles de años en la isla Mauricio, donde no se enfrentaba a los mismos depredadores terrestres que otras aves. La llegada de personas y animales introducidos alteró rápidamente ese equilibrio.

Una especie mejor adaptada de lo que se pensaba

El estudio también muestra que la pérdida de la capacidad de volar y el gran tamaño corporal no produjeron exactamente los mismos cambios en el dodo y en el solitario de Rodrigues. Aunque ambos eran aves insulares no voladoras y estaban emparentados, sus características sensoriales evolucionaron de manera diferente.

Los investigadores advierten que un cráneo no puede revelar por completo cómo se comportaba un animal extinto. Sin embargo, el análisis de sus estructuras internas permite reconstruir algunos aspectos de su biología.

El dodo desapareció hace más de tres siglos, pero sus restos continúan ofreciendo información sobre cómo vivió y evolucionó. Lejos de ser simplemente un símbolo de torpeza, la evidencia científica apunta a que fue una especie adaptada a las condiciones particulares de Mauricio, hasta que los cambios provocados por la llegada humana contribuyeron a su desaparición.