“Trabajé en El Náinari en 1925”.-

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“Trabajé en El Náinari en 1925”.- Inés Calderón Robles, de los viejos fundadores de Cajeme, entrevistado hace 45 años, contaba con 77 años de edad.- Fue policía de a caballo en 1933, durante la administración del alcalde Manuel López Rivera.- “Cuando llegué en 1925, Cajeme era Comisaría, un rancho, un verdadero rancho…”.

Bernardo Elenes Habas

(Cuando el Municipio de Cajeme cumplió su primer cincuentenario en 1977, me di a la tarea de entrevistar, desde las filas de Diario del Yaqui, a viejos fundadores de la comunidad que aún permanecían de pie. Hoy reescribo, la agradable plática que sostuve con don Inés Calderón, quien contaba en ese tiempo con 77 años de edad, y que hoy estaría rebasando los 122. Este es el diálogo de hace 45 años con un hombre que vio nacer la ciudad).

Inés Calderón Robles, es un hombre de 77 años de edad.

Sencillo, elemental, como la gente de pueblo.

Fui, acompañado por el fotógrafo Ramón Alejandro Mena Ortega, hasta su casa de la colonia México, ayer por la mañana. (Me refiero a un sábado con aire frío de 26 de noviembre de 1977), donde nos recibió la invariable tradición de las tazas de café negro, humeante, oloroso, tostado y molido en casa, con sabrosura de rancho y de viejos amaneceres…

Noble origen el de don Inés, con raíces rurales. Comenta quien nació un día tan lejano que ya se le perdió en el largo camino de la memoria, del año de 1900… creciendo con el siglo…

El Municipio de Choix, Sinaloa, fue su cuna. Ahí creció y se hizo adulto. Ahí encontró la raíz de sus sentimientos, entre las siembras de temporal y de esperanzas, entre el ganado y los establos reventándose de sol, entre la gente sin dobleces, buena hasta la franqueza pueblerina…

Circunstancias de la vida lo trajeron a Navojoa, primeramente:

-La ruina lo saca a uno de cualquier lugar –afirma don Inés, y sus ojos cansados recorren senderos que ya comienzan a borrarse en el recuerdo-. Por eso llegué a Navojoa. Veníamos mi mujer Aurelia Carrasco, y mis dos hijos. Bueno, los dos hijos que a esa fecha teníamos: José y Angelina.

De Navojoa, luego de una corta temporada, se trasladó con su familia a Cajeme:

-Corría el año de 1925 cuando llegamos a la región. El Náinari fue nuestro primer punto. Allí trabajé con el General Álvaro Obregón, encargándome del cuidado de las huertas. El General era un buen hombre con los pobres, al menos en lo que a mi toca. Con los demás no lo sé…

-En ese tiempo, 1925, Cajeme era Comisaría, un rancho, un verdadero rancho… monte y más monte, apenas comenzaba a perfilarse la ciudad. ¡Quien lo creyera! Cosas que todos a quienes tú has entrevistado te han dicho: casas de chiname…el mercado de petates… las calles desnudas, motivo de grandes lodazales durante la época de lluvia, porque entonces sí sabía llover…

Entre sorbo y sorbo de café, los recuerdos de don Inés se meten en el humo surgido de las tazas, y con humildad señala:

-No sé grandes cosas, pero sí sé que mis manos, como las manos de muchos trabajadores, ayudaron a levantar desde sus raíces este pueblo, construyendo, haciendo, trazando. Debo decir también que fui un servidor público, un modesto servidor público durante la administración de don Manuel López Rivera. Por allá en 1933 fui policía, pero policía de a caballo. Nos pagaban dos pesos cincuenta centavos diarios por vigilar el orden de la ciudad. ¡Una ciudad con policías de a caballo!, y es que no avanzaba mucho aún… Pero de un momento a otro dio la sorpresa. Cuando menos pensamos ya teníamos una ciudad moderna y grande, que día a día crecía con diferentes colonias. Duré poco como policía. Es que no podía aguantar tanto el hambre, la paga no era muy puntual…

Como si lo estuviera viviendo el señor Calderón Robles, ubica su primera casa en Ciudad Obregón:

-Por las calles Saperoa (Seis de Abril) y Coahuila estaba mi casa. Por ahí vivía también don Pedro Villegas Alcántar quien manejaba la pipa que regaba las calles y los árboles de la ciudad, hace ya tanto tiempo… Y por ahí vivió, también, aquel hombre bueno, defensor de los campesinos, llamado Machi López, y a quien muchos conocían como el “huarache de oro”, sería tal vez porque nunca renegó de su origen y fueron sus huaraches un símbolo de su vestimenta… Yo lo veía perderse entre nubes de polvo por las serpenteantes calles del Valle del Yaqui…

Enumera, don Inés, a su familia:

-Aquí, en Cajeme, nacieron mis otros hijos. Ahora mi familia se compone así: mi mujer Aurelia, mis hijos José, Antonio, Esteban, María Angelina, María Santos, Gertrudis y Rosario.

Motivados con la sencillez del entrevistado y la claridad de sus recuerdos, nos despedimos Mena y yo de don Inés Calderón Robles, quien nos deja en el horizonte del Cajeme viejo, la figura de Maximiliano R. López, sacudido por los vientos del Valle, llevando su verdad y su palabra para sembrarlas bajo el sol de la labranza…

Le saludo, lector.