
Poema de domingo.- Cierto, no hay definición estricta, saturada de ciencia y pragmatismo, sobre Poesía. Pero, sin duda, como cantaban los viejos payadores pamperos al calor de las fogatas y el cintilar de estrellas: es el sentimiento mismo convertido en ideal de la vida, “llamita encendida que nadie puede apagar”.
Y esa luz que navega la sangre de hombres y mujeres en pueblos y ciudades, en valles, montañas, selvas y desiertos, es parte de sus funciones biológicas que confieren cadencia, asombro, candidez, audacia, sencillez, humildad, para vivir y sentir el milagro de la Creación; pero además de los trazos positivos, incluye también el sufrimiento, vino amargo de los renglones torcidos que pudren el alma.
Porque la poesía no solamente sensibiliza, sino informa. Enseña a distinguir caminos y senderos; a llenar de fe y determinación a los seres; a iluminar como antorcha señera la profundidad de abismos y oquedades… A descifrar la dimensión infinita de los astros, que se abren como carta de navegación orientando latitudes, para hacernos descubrir que somos polvo de estrellas…
Bernardo Elenes Habas
En las noches nubladas,
oteo el horizonte.

Un suave olor a barro
reblandece mi alma,
me dice que vendrá
-canción de los veranos-
la voz azul del cielo
con sus líquidas cartas…
El látigo del trueno
estremece la sierra,
llora el viento asustado
su soledad de siglos,
y en el valle dormido
la tierra abre sus brazos,
soñando con la lluvia
con la emoción de un niño…
En las noches nubladas,
oteo el horizonte.
Busco imágenes,
rostros, recuerdos diluidos,
palabras navegando
el océano del cielo…
Luces que me iluminen
para saber por dónde
puedo llegar contigo
desde el norte de mi alma
al sur de la esperanza,
donde vibra tu vida…







































