Lograr la paz, es posible.-

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Bernardo Elenes

Lograr la paz, es posible.- Recuerdan viejos cajemenses tiempos en que corrían vientos de armonía por las calles de la ciudad, hace cincuenta años y más.- El tejido social dañado puede resarcirse, no sólo con las armas que matan, sino con las herramientas del humanismo y la justicia social. 

Bernardo Elenes Habas

Los viejos pobladores de Cajeme, se llenan de nostalgia, pero también de temor.

Recuerdan los días tranquilos de hace 50 y más años, cuando corrían vientos de armonía por las calles, y la delincuencia, las drogas, la violencia no trastocaban la estructura de principios y valores humanos, fortaleciendo la confianza como la lluvia, como el sol mismo que era cobijo colectivo de la familia cajemense.

Y, claro, reconocen que la modernidad, los adelantos científicos y tecnológicos (como alguna vez se aventuró a escribirlo Cesáreo Pándura, periodista que dirigía el semanario mimeografiado “Presencia de Vícam”, en una serie de crónicas publicadas en las páginas literarias de Diario del Yaqui durante la década de los 70, “Año 2010”, avizorando un futuro que a estas alturas ya nos rebasó), tienen sus ventajas inconmensurables, pero también conllevan un precio muy alto por disfrutarla, por ser testigos y protagonistas del nuevo siglo.

Esos viejos formidables con los que suelo platicar ante una taza de café y un horizonte de vivencias y de sueños diluidos en el tiempo, saben que la criminalidad, el vendaval de las drogas, la desintegración familiar son señales amargas de los tiempos, “porque los demonios andan sueltos, como suelen decir, desde el vértice de sus experiencias, pero también desde sus creencias ancestrales que todavía huelen a capomo y vinorama.

Lo cierto, pues, es que en Cajeme, en Sonora, en el país, con la modernidad se abrieron los ríos de la contracultura, del desprecio a la vida, de la autodestrucción a través de las drogas, y que las diferencias sociales prevalecientes en el eterno esquema de pobres y ricos, de explotadores y explotados, dio margen al surgimiento de los hoyos negros sociales, mismos que han crecido y siguen creciendo desproporcionadamente día con día, con el consiguiente azoro entre la clase privilegiada, la que no se atrevió a asomarse al futuro en pos de armonía y justicia social, teniendo solamente ojos para la acumulación y los sueños de grandeza, dejando hilos sociales sueltos, segmentos humanos que sin vislumbrar mayores horizontes en sus vidas, desviaron caminos, se integraron al monstruo mitológico de las conductas antisociales, cuyos cabellos son cabezas de serpientes, que ahora hay que combatir.

Se trata, sin duda, de un fenómeno social grave el que se vive en todo México, y sus proporciones son de cuidado, porque no se están atacando con la profundidad que ameritan y se dejan crecer, a pesar de que se entiende que sus ramificaciones son extensas e intensas y que, a estas alturas debiera considerarse un problema de seguridad nacional. 

Y, como me comentan los viejos que cargan sobre sus espaldas toda la historia de sus poblados y de su país: “Esta guerra, porque es una guerra, no está perdida. Se puede ganar, pero no solamente con las armas que destruyen, sino con la unificación de las comunidades y sus sectores, utilizando las herramientas nobles de la justicia social para que el pueblo, y principalmente sus nuevas generaciones, encuentren los satisfactores necesarios de educación, salud, empleo, oportunidades de progreso, con la visión progresista del verdadero humanismo”.

Le saludo, lector.

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