Poema de domingo.- 

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Juan Maldonado Waswechia, Tetabiakte.- el que forjó la Paz de Ortiz el 15 de mayo de 1897, pacto que fue traicionado por los porfiristas, porque el único objetivo que los movía era el sometimiento de la tribu. El que murió a los 44 años de edad defendiendo la libertad y dignidad de su pueblo, en el cañón del Mazocoba. El símbolo más legítimo de la resistencia yoreme.

Bernardo Elenes Habas

Yo tengo el corazón de tierra/ y la piel oscura, como tú./ Dentro de mí corren los ríos;/ siento que el aire y la montaña/ crecen como un murmullo mineral/ entre mis brazos,/ y el galope de la vida arde en mis venas/ con un fulgurante rumor de sangre constelada.

Llevo una sensación de eternidad/ que se convierte en herida cotidiana,/ en grito irrenunciable encadenado a tu recuerdo,/ en lámparas dormidas/ sembradas sobre el barro desnudo de tus huellas,/ en turbio tiempo ciego/ que exprime sus tormentas/ para darle a tu nombre el fresco olor rural de la distancia.

Te acecho en los recodos del camino./ Salto como una sombra en la arboleda,/ entre las cuchilladas vivas del invierno,/ y llego hasta los templos solitarios/ convocado por la cansada voz de las campanas.

Te escribo intensamente,/ con la caligrafía roja de mi sangre,/ desafiando la niebla,/ recorriendo el pecho palpitante de la tierra,/ para encontrar tu vocación de roca y de cristales.

Yo sé, abuelo, padre, hermano sensitivo de la noche,/ que tus caminos de bosque y de rebaños/ lo iluminaron las líquidas estrellas,/ y que los pájaros tejieron libertades/ depositando en tus labios florecidos/ el nido de sus cantos.

Tus voces argentadas y precisas/ midieron la extensión del sentimiento,/ sirvieron de antorcha en la nostalgia,/ fueron amor, bálsamo tibio,/ cuando narraron la pasión del pueblo.

Enséñame a asombrarme como tú./ A beberme la luz de las costumbres./ A dibujar con trazo firme y sin borrones/ el perfil verdadero de lo humano.

Llévame de la mano, hermano mío,/ hasta donde el sol se desparrama como trigo/ y va dorando la tarde con pan tibio,/ metiéndose en los valles,/ y a la garganta ronca de las cordilleras.

Yo sé que allí vive tu nombre,/ allí lo repiten las cañadas/ cuando el viento glacial/ besa sus piedras,/ y un siglo de raíces se estremecen.

Hermano, me duele la ciudad porque no canta./ El acero es helado como balas./ Y el asfalto conduce hasta la muerte.

Ya no trabajan su taller los carpinteros/ y la resina se secó en sus manos./ Ya no guían los pastores sus rebaños/ y el tambor crepuscular de nuestra raza/ comienza a claudicar sus tradiciones.

Se ha vuelto gris, fugaz, nocturno/ nuestro canto./ Las bocas turbulentas lo tornan inseguro,/ le dan impunidad y lo condenan/ a recoger los frutos/ sin haber puesto la semilla.

Pero tu puedes volver del Bakatete/ a repartir espigas para el hombre./ A unificar de nuevo la palabra./ A construir el sueño de la Patria/ desde el canto plural que te llevaste.

Tu puedes regresar hermano, padre, abuelo,/ para que sientas el calor de nuestras manos/ y nos muestres el murmullo de tu esencia,/ el silvestre recorrido de tu sangre,/ la cicatriz de luz que te heredó la sierra,/ tu convicción irrenunciable por el Hombre.

Nómbranos el rosal, la espina, la distancia./ Háblanos del rostro severo y noble de tu padre./ De las tibias manos de tu madre,/ y de la fe relampagueante de tu pueblo.

Juan Maldonado Tetabiakte,/ te escribo humanamente,/ y se me viene el galope de tus luchas,/ tu vocación libertaria y justiciera,/ tu sacrificio en la Nación Yoreme,/ y te digo que es hora,/ que puedes bajar del Bakatete/ a repartir espigas para el Hombre

Le saludo.