Bernardo Elenes Habas
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Bernardo Elenes Habas

Poema de domingo.- Los Guerrero-Coyote, se sumaron a la insurgencia de pólvora y herraduras que sacudió a la Patria en días aciagos. Empuñaron el Mauser, defendieron el horizonte de la libertad. Cierto, construyeron la fama y llenaron de medallas el pecho de los generales, a pesar de haber sufrido desde siempre, con los invasores españoles primero, y luego los gobiernos nacionales, el exterminio, la muerte, intentando borrar su trazado de luz nacido desde el Bakatete.

Para ellos -la Nación indoblegable-, no hubo bronces, solo acciones para despojarlos de sus parcelas y potreros, del agua de su río, como sucede actualmente; y ahora como ayer, vendrán nuevos conquistadores trayendo en lugar de cuentas de colores y espejitos, el señuelo de un perdón que no sirve de nada y que nadie ha pedido, porque el grito nacido de la garganta de la sierra, fue, es y sigue siendo ¡justicia! 

Bernardo Elenes Habas

NADIE SUPO TU NOMBRE

Atrás quedó el desierto.

El adiós reseco

de la noche.

La voz del tiempo

erosionando la garganta

de la sierra.

Era la hora precisa

de muerte y de proclamas,

de olor a pólvora

encendida,

cuando llegaste al campo

de batalla,

al torrente sanguíneo

de la Patria,

montando el filo de luz 

de la insurgencia.

Ahí mostraste

el obsesivo redoble

de tu tambor yoreme.

El relámpago vivo

de tu arrojo en las batallas.

Tu fortaleza

a prueba de dolor,

de hambre, de frío,

de tormentas.

Eras Hombre-Coyote,

consagrado en el templo

mineral del Bakatete:

Mitad dios, mitad ave,

mitad piedra, mitad agua,

mitad lumbre, mitad viento,

mitad luz, mitad tinieblas.

Eras el hombre exacto

para la Revolución.

El del tiro certero,

el que tenía un huracán

en la mitad del pecho,

el que mataba implacable

al enemigo,

el que amaba y defendía

como águila,

el universo.

Así desparramaste

en el centro desgajado

del silencio,

tus estrategias guerrilleras.

Fuiste galope y llamarada,

incendiario feroz 

de la injusticia,

sencillo forjador

de páginas de gloria.

Hacedor de caminos.

Antorcha en el perfil

amorfo de las sombras.

Nadie supo tu nombre.

Como llegaste,

abandonaste un día

el campo de batalla,

sin bronces ni medallas.

Sólo la espiga de tu arrojo

en la caligrafía

de las crónicas.

Eras sencillamente

un combatiente.

Un indio yaqui,

un Guerrero-Coyote,

construyendo el genio

y la leyenda

de los generales.

Ahora, en la alquimia

de tiempos transformados,

desde el Palacio

del poder y los caprichos,

vienen quienes

disfrutan tu heredad

vuelta Gobierno,

a pedirte un perdón

que no te sirve ni reclamas,

cuando tu grito mineral

estalla sediento en el núcleo

de la historia,

exigiendo ¡JUSTICIA

Y MÁS JUSTICIA!

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