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Tema muy debatido y cuajado de especulaciones, el que colocó en el tejido de la opinión pública la reportera Dolia Estévez.

Ella afirma tener información confidencial sobre la conversación telefónica que sostuvieron el pasado viernes 27 de enero Donald Trump y Enrique Peña Nieto, donde el racista norteamericano “humilla” al político mexicano, y le propone utilizar al ejército del imperio yanqui para combatir a los hombres malos que se mueven en territorio mexicano.

Hasta el momento ni la periodista Estévez, ni la agencia noticiosa para la que labora han publicado dicho diálogo, mismo que podría constituirse en testimonio capaz de apuntalar el núcleo de la verdad o mentira, de lo hasta ahora publicado.

Tampoco ha procedido a dar a conocer esas evidencias el Gobierno de México, que, ciertamente, debe tener la grabación, con lo que fortalecería sus desmentidos referentes a que no hubo tal sojuzgamiento hacia el presidente Peña Nieto, y subjetivamente, contra la soberanía nacional.

Incluso, el dirigente nacional del partido Movimiento de Regeneración Nacional, Andrés Manuel López Obrador, está solicitando al Gobierno haga pública dicha grabación, para que la ciudadanía forje su criterio y no se mueva al vaivén de conveniencias ajenas.

Sin embargo, se está dejando correr los tiempos, buscando, los protagonistas, quizás que dicha especie pierda fuerza en el imaginario colectivo, para que se disipe entre el humo de lo anecdótico.

No obstante, un hecho tan singular no podría quedar en la relatoría fantástica de los encuentros y desencuentros de los dos mandatarios, porque ya existen sobrados testimonios de que las cosas no andan bien entre México y Estados Unidos, desde los mismos días de campaña del magnate republicano, situación que se ha recrudecido luego de asumir la presidencia del país más poderoso del mundo, a partir de la firma para la construcción del muro de la ignominia, con la obsesiva exigencia de Trump de que su costo será absorbido por México. Y luego, la ley contra migrantes. El golpeo económico retirando armadoras de autos de territorio nacional. Adelantando cambios de fondo en el Tratado de Libre Comercio, bajo la premisa avasallante de que México es el único beneficiario del pacto.

A todo esto se suma la actitud dictatorial de Trump, quien lanza una señal de odio para que todos los pueblos del mundo le rindan pleitesía, provocando ya algunas reacciones en contra, como la del gobierno de la República China.

Todas estas premisas definen que es la hora de sacar, como una antorcha ante la Organización de las Naciones Unidas, la Doctrina Estrada, que desde 1930 establece la filosofía política, social y humana del pueblo de México ante las naciones del mundo con el apotegma de no intervención y derecho de autodeterminación de los pueblos.

Pero también, no debe olvidarse la historia y tener claras sus semillas, con la existencia de otros presidentes norteamericanos y embajadores que han atentado de hecho, no sólo de palabra, contra México; como la intervención expansionista que le segregó Texas al país azteca en 1837, dando pie a la batalla de Chapultepec en 1847. O la perversa y criminal acción de Henry Lane Willson, quien siendo embajador de Estados Unidos en México, se llenó las manos de sangre junto con Victoriano Huerta y los militares golpistas, asesinando al presidente Francisco I. Madero y al vicepresidente José María Pino Suárez, durante los días aciagos de la Decena Trágica en febrero de 1913.

Esos pasajes verídicos, jamás deben ser reeditados. Los valores de vecindad entre los países no pueden tomarse a broma. Se ha derramado mucha sangre en el forjamiento de la dignidad y la soberanía de los pueblos, la que grita que no es posible permitir caprichos y visiones distorsionadas del pasado y del presente, intentando borrar las raíces históricas de la Humanidad, pretendiendo construir, desde el germen de la esquizofrenia, un futuro absolutista.

Le saludo, lector.

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