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En enero del 2012, el entonces presidente de México Felipe Calderón, lanzó una convocatoria a los diferentes sectores de la sociedad, con énfasis a científicos, académicos, universidades, gobiernos y medios de comunicación, para crear un frente contra las adicciones.

Aunque ya estaba en los linderos de su mandato, la propuesta fue recibida con entusiasmo, debido a que el flagelo de las drogas destruye niños y jóvenes, convirtiéndose en el puente dramático que conduce a la violencia en las filas del crimen organizado, o bien entre la delincuencia común, robando, asaltando, prostituyéndose.

Calderón aseveró, en esos días, que se trataba de una contribución mayor para derrotar al flagelo de las adicciones que sigue creciendo en el país y también incluso para, desde la sociedad, superar el problema que tenemos de criminalidad, en buena parte asociada a ese problema.

Muchos ciudadanos, analistas, padres de familia, le propusieron al otrora mandatario cuando abrió la lucha contra el narcotráfico, que diseñara programas complementarios de prevención, como el que buscaba, en esos días de hace 5 años, convertir en realidad. Pero también, le pedían que atendiera los problemas de pobreza que viven miles, millones de familias, ya que la desigualdad social, la falta de alternativas para niños y jóvenes, los convierte en presa fácil de conductas antisociales, porque sus familias, generalmente están desintegradas.

Habló, por supuesto, Felipe Calderón, como el padre que es. Sin embargo, su visión, surgió desde el nivel de una familia integrada, no sopesando la situación de pobreza que, ciertamente, viven muchos núcleos comunitarios, donde no existen satisfactores, no hay tranquilidad y oportunidades de educación, salud, empleo, y la lucha cotidiana es por sobrevivir.

Comenté, en esos días, que, aunque tarde, la propuesta del Presidente de la República era positiva y debía apoyarse; pero también expresé la convicción de que a ese viable frente, se le incluyera una vertiente social y económica, capaz de atender las grandes diferencias remarcadas por la macroeconomía y la microeconomía, para que la distribución de la riqueza del país, que teóricamente es heredad de todos los mexicanos, cumpliera ese propósito histórico.

Consideré que de no agregársele esta alternativa, el programa que visualizaba Calderón Hinojosa, solamente atendería a ciertas estructuras sociales, donde el problema de las drogas golpea a adolescentes y jóvenes que tienen padre y madre, y que gozan de oportunidades económicas normales y hasta notables, pero no así a los pobres de los pobres, donde políticas públicas erróneas están conduciendo a muchos mexicanos por los senderos torcidos de las adicciones, la delincuencia, el crimen, ya que las puertas de las oportunidades permanecen, eternamente, clausuradas.

Y ahora, a propósito de la espléndida cruzada que ha puesto en marcha la gobernadora Claudia Pavlovich contra la terrible anfetamina denominada cristal, considero que, junto con los diferentes sectores de la comunidad, quienes también deberían comprometerse de fondo y desde ahora en combatir tan grave problemática, son los virtuales aspirantes a convertirse nuevamente, en el trapecio del oportunismo, o por primera vez, en representantes populares a partir del 2018, pero no con discursos y posicionamientos para aparecer en los medios de comunicación, sino con propuestas medibles, yendo a las causas, no sólo a sus efectos; comprendiendo que la mala semilla que provoca y alienta la drogadicción en niños y jóvenes, es la economía, la carencia de recursos en sus hogares que, ciertamente, por miles, se encuentran desintegrados, donde no existe conducción porque la jefa de familia tiene que trabajar y dejar sin vigilancia y control a sus hijos, los que son presa fácil de las acechanzas callejeras, alineándolos en los batallones de sangre nueva que marchan hacia la muerte, por las adicciones, la violencia, el desamparo.

No es, pues, el de las drogas, un problema plano, con un solo factor. Existen aristas complejas que se entrelazan y que tienen, en la mayoría de los casos, el común denominador de la desintegración de las familias, donde la vida se vuelve miserable y desesperada, medalla opuesta a la dinámica deslumbrante de la clase política, estructura en la que, pese a los anuncios de ajustes de cinturón, hay despilfarro y engaños, porque el objetivo real de sus integrantes no es remediar los problemas sociales de sus municipios, sus Estados, su país; sino luchar en la selva egoísta de valores entendidos, corrupción, obediencia ciega a grupos políticos, para conservar el poder a costa de lo que fuere

Le saludo, lector.

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