Tips para una novela que podría ser exitosa

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Muchos años después, frente al expendio cerrado, el conserje Prisciliano Mendía había de recordar aquella tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Tuvo que ser en una hielería, porque en los ocsos vendían la cheve al tiempo y no dejaban entrar a los menores de edad, ya que una extraña enfermedad llegada de ultramar estaba diezmando a los habitantes de aquella pequeña aldea, que caían con los pulmones ennegrecidos, boqueando como peces fuera del río y sus familiares tenían que mandar incinerar sus cuerpos y conformarse con recordar sus caras la última vez que los vieron, ingresando a algún hospital.
No se sabe exactamente qué relación tenía el hielo y la cerveza ‘al tiempo’ con la propagación del virus terrible, pero en aquellos años las autoridades decidieron que era una buena idea para evitar su transmisión por la vía de los cucharones con que se retacaban con hielo las bolsas de latas y botellas. O para evitar aglomeraciones en torno a los grandes recipientes de donde solían abastecerse los aldeanos.
Eran tiempos extraños en los que la gente tenía que ir por la vida enmascarada con unos adminículos denominados ‘cubrebocas’, que según la ciencia ayudaban a disminuir el riesgo de contagio, aunque el patriarca de la aldea mayor, cuya inmunidad al virus residía en su fuerza moral y no de contagio, sostuviera una y otra vez que para evitar la enfermedad bastaba con elevar un conjuro: “Detente, enemigo, el corazón de Jesús está conmigo”, mientras alzaba sobre su cabeza una estampita colorada, un trébol de cuatro hojas o un billete de dos dólares.
Eran días extraños, porque el conjuro al parecer funcionaba sólo para él, ya que en diez meses la maldición del coronavirus cayó sobre más de 140 mil habitantes de la aldea mayor, que fallecieron irremediablemente a pesar de los avances de la ciencia en aquellos años y más de un millón de aldeanos se contagiaron. 
Se sabe, por algunos registros de la época, que esa cifra tendría que multiplicarse al menos por tres, para tener una dimensión más cercana a la tragedia.
Pero eso no se sabrá nunca porque el patriarca de la aldea mayor absorbió con otro conjuro las facultades del ministerio de información y desde entonces la única verdad es la que sale de los labios de un gitano de bogotito montaraz y manos de gorrión conocido como Lord Molécula, que decide lo que es verdad y lo que es mentira en medio de un grande alboroto de pitos y timbales que resuenan lo mismo en Twitter que en Facebook; igual en Whatsapp que en Instagram.
Se sabe, por los escasos vestigios encontrados bajo la tierra donde alguna vez estuvo esa aldea, que su extinción puede relacionarse con la mansedumbre de un pueblo bueno que, acatando el mandato del patriarca salió una tarde de invierno a arremolinarse en torno a un camión cargado de carne de puerco, que tras un extraño accidente se incendió en medio de estallidos, dejando como maná caído del cielo esos manjares a disposición de un pueblo hambreado.
Al pueblo bueno y sabio le valió madres la sana distancia, el gel y el cubrebocas y olvidando el pudor y el escarnio se hicieron de cuanta carne marinada en diésel pudieron.
La palabra convence, pero el ejemplo arrasa. 
El pueblo de aquella aldea recién acababa de ver cómo en una aldea más al sur, cientos de jubilosos vecinos se contoneaban ruidosamente levantando polvaredas en un baile exótico que básicamente consistía en abrazarse muy fuerte mientras se flexionaban rítmicamente las rodillas y se movían las caderas dando coquetos brinquitos ya para adelante, ya para los lados hasta que de tanto frotarse las entrepiernas se alborotaban las hormonas y se buscaba el paraje más solitario para abrir las compuertas de la concupiscencia dejando que todo fluya y después de algunos días sólo quedaba el recuerdo de aquél cogidón épico que no tiene nada que ver con el tubo que luego les estarían metiendo por la laringe.
Esas celebraciones paganas eran, desde luego, prohibidas en tiempos de pandemia, de manera que la autoridad de la aldea publicó un decreto con el que las prohibía, pero como en la otra aldea eran autónomos, independientes y se regían por sus propios usos y costumbres, hicieron caso omiso y pa’ pronto, programaron un nuevo baile, esta vez amenizado con el Grupo Libra y Contacto Norte, una especie de hechiceros del mal que a través de su música convocan al arrimón y al tallarín; al placer y al desenfreno en el que se olvida el gel y el cubrebocas, cuantimás la sana distancia.
No hubo mesa de negociación con aquellos indígenas que impidiera el bailongo…
Este podría ser el inicio de la novela con aspiraciones de trascendencia, que algún centennial comenzara a escribir por estos días y quizás en algunos años más llegase a ser obra señera, siempre y cuando tuviera un poquito de plagio, y así como al inicio se cita a García Márquez, al final concluya con un diluvio bíblico que desapareciera de la faz de la tierra a esta otra aldea llamada México, donde finalmente los únicos que sobrevivan sean el personal hospitalario, los políticos influyentes y gandallas, y los servidores de la nación, que de algo han de servir a la hora que el patriarca decida refundar desde su rancho llamado “La Chingada”, una patria nueva.
II

Pero bueno, mejor pasemos del realismo mágico a la realidad sin magia.
Ustedes no están para saberlo, pero este tundeteclas que tiene su segunda patria en Terrenate sí para contarlo: los habitantes de esa región, río abajo de Ímuris se organizaron desde 1988 para buscar una solución al vertido de aguas negras a la cuenca del Río Magdalena, que es la principal fuente de agua para esos pueblos.
Crearon un comité, presentaron algunos proyectos, iniciaron trabajos para una laguna de oxidación, pero fueron suspendidos por las protestas de los pobladores de Terrenate, La Mesa, El Tacícuri, entre otros.
Desde entonces a la fecha han pasado más de 30 años. Gobernadores, diputados, alcaldes han ido y venido y el problema no sólo persiste, sino que se ha agudizado con el correr del tiempo.
En agosto de 2019, la gobernadora estuvo en Ímuris en una de las giras con las que entonces le daba la cuarta vuelta a todos los municipios del estado, para llevar obras y acciones de gobierno. Allí fue abordada por el responsable del organismo operador de agua en Ímuris, Jorge Munguía Ledezma, de los mismísimos Munguía de Terrenate.
Ahí, bajo el inclemente sol a la ribera del río, le presentó un nuevo proyecto y su justificación técnica y financiera. La gobernadora concretó allí mismo una cita con el titular de la Comisión Estatal del Agua y el tema comenzó a moverse nuevamente, en medio de un escenario nacional crítico por los recortes presupuestales.
Pues ayer, la gobernadora recorrió, en lo que ya es su sexta y última vuelta por los municipios, los avances en la construcción de esa obra que vendrá a beneficiar a los habitantes de toda esa región, en un tema que tenía más de 30 años convertido en un problema de salud pública.
Bien ahí.
La mandataria también visitó los municipios de Arizpe, Bacoachi y Cucurpe donde entregó aulas, becas, estímulos educativos, sillas de ruedas y supervisó el arranque de diversas obras de infraestructura.También me puedes seguir en Twitter @ChaposotoVisita www.elzancudo.com.mx 

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