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Poema de domingo.- En Cajeme, además de las fértiles tierras de cultivo del Valle del Yaqui que prodigan el grano nutricio, existían dos fecundas parcelas que producían las espigas colectivas de la literatura: las páginas culturales, primero de Diario del Yaqui desde 1942; luego, con su nacimiento en 1965, Tribuna del Yaqui.

En esos surcos generosos de tinta y papel, brotaba el milagro del poema, de la narrativa cada domingo. Inicialmente en el que fuera Domingo Literario, Taller de Literatura después, Quehacer Literario finalmente, del Diario. Luego, en La Cultura en el Noroeste, de Tribuna.

En la confección y dinámica de esas publicaciones alumbradas por el genio creativo de cajemenses, estuvieron las manos, la inteligencia y el amor por las letras, de Bartolomé Delgado de León. Periodista, poeta, autor dimensional del Canto al Valle del Yaqui.

Junto con esa labranza, fue notable la maduración regional de poetas y escritores en una siembra de juglaría que alentaba a la formación y superación íntima en cada diletante. Pero también, se convertía en lluvia y reparto creativo entre los lectores, quienes encontraban en tan nobles espacios, alas para alcanzar sueños, demostrándose a sí mismos, que no sólo de pan vive el hombre.

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Jesús Corral Ruiz, Bartolomé Delgado de León, Juan Eulogio Guerra Aguiluz, Miguel Sáinz López-Negrete, Carlos Moncada, fueron algunos de los artífices en la construcción de esos puentes primigenios para aprender y enseñar a contar estrellas…

Con esta reflexión, añoro tiempos idos y deploro el desierto que existe en la prensa escrita desde hace años, sin que se propicie el aliento para las actuales y nuevas generaciones de escritores.

Desafortunadamente, se permitió que fuese calcinada en sus páginas por los soles de agosto, la semilla creativa, generando vacíos que en tiempos idos fueron faro de luz que iluminaban la ruta de navegación de juglares y narradores, quienes hoy, tal vez, sólo dispongan como espacio para escribir y publicar, el pizarrón de la tarde…

Le entrego, como cada semana, desde esta parcela de bandera solitaria, mi poema de domingo.

Bernardo Elenes Habas

Estos cantos trigales, los escribí en el valle

con una espiga roja.

Era, la misma espiga con férrea forma de arco,

con silueta de flecha, aguda como rayo,

que sirvió en los combates librados contra el yori

quien desde sus caballos

soltó de sus alforjas la palabra conquista,

que se pudrió en la tierra.

Era, la misma espiga en cruz

abriendo los caminos para Tomás Basilio

y Andrés Pérez de Ribas,

que en un acto de fe, sin espadas, sin yelmos,

traspusieran umbrales de la Patria Yoreme.

Era la misma espiga

que esgrimió Juan Banderas,

José María Cajeme,

después Juan Tetabiakte y al final Sibalaume,

en la noche del tiempo

cuando el tambor de guerra sonó en el Bakatete

y nuestra sangre yaqui

se volvió un puño oscuro

y golpeó sierra y viento como grito de muerte.

Era la misma espiga que cargaban consigo,

en su morral de sueños,

los hombres que bajaron del pecho de Sonora,

junto a hombres que traían en sus pesadas

botas tierra y cantos extraños,

y limpiaron el valle con su fe inquebrantable,

con sus manos ardiendo por el sol del verano,

con sus brazos heridos

por la daga incesante del viento del invierno.

Así nació este Valle que es hijo del esfuerzo: 

rebelde, tierno, niño, con las manos abiertas

en la mitad de América,

poniendo un beso de oro

sobre todas las mesas, 

y sus cantos trigales derribando alambradas

al encuentro del hombre que sabe abrir fronteras.

Pido, pues, compañeros,

sólo una Espiga Yaqui,

para dar testimonio de mis cantos trigales.

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