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No deben interpretarse como un posicionamiento político, ni afán de llevar agua a su molino, los conceptos que vierte Rafael Delgadillo Barbosa.

Cuando el dirigente del PAN en Cajeme, apoyado en su percepción como jefe de familia y en los testimonios de sus militantes, señala que Cajeme es, prácticamente, zona de guerra donde se requiere el uso de la fuerza militar para garantizar la seguridad pública, está interpretando el sentimiento generalizado de la ciudadanía.

Las familias viven con azoro, y no es para menos.

En el transcurrir de los dos primeros meses del año, el municipio ha sido escenario de ejecuciones, secuestros, asaltos. Hechos atribuidos al tejido del crimen organizado.

Este panorama grave, permite comprender que no se trata de casos aislados, ni de coyunturas en el contexto delincuencial, sino de reconocer que los grupos violentos están asentado aquí. En el corazón del Valle del Yaqui. En colonias y fraccionamientos diversos de la ciudad.

En el caso del PAN, fundamentalmente madres de familia, no niegan la inestabilidad que prevalece en los asentamientos populares, donde se vive con miedo “porque nadie sabe qué va a pasar en cualquier momento”.

Cotidianamente, militantes de ese partido muestran, durante reuniones que se sostienen en su sede o en barrios y colonias, la preocupación que les embarga por la ola de delitos que asolan la comunidad, de tal manera que la línea imaginaria que supuestamente existía entre delincuencia común y crimen organizado, prácticamente se ha borrado y las personas que viven fuera de la ley están conformando un todo altamente peligroso.

No se pueden dejar las casas solas porque son saqueadas. En las calles solitarias, y al atravesar llanos, o pasar por viviendas abandonadas, se vive el peligro de los asaltos. Asimismo, todos temen que en cualquier momento, en el lugar menos pensado de algún estacionamiento o en la calle, se desate una balacera, con la mala suerte de quedar bajo la sombra de la muerte del fuego cruzado.

Parecerán dramáticas o fatalistas, las expresiones que transmite Delgadillo Barbosa, pero es la realidad que prevalece, la que nadie puede negar: En Cajeme se vive, en estos momentos, con miedo.

Cuatro asesinatos en menos de 24 horas, es una señal que estremece a quienes no han perdido aún su capacidad de asombro, porque se está demostrando que el nuevo año, como el anterior, se presenta sangriento, en una comunidad otrora tranquila, dispuesta con nobleza al trabajo y al progreso colectivo.

No se trata, pues, solamente de lamentar los hechos, e informar que los tres niveles de Gobierno se encuentran trabajando en el mismo sentido para abatir problemática tan desesperante.

Es imprescindible sumar al patrullaje cotidiano y a las acciones de inteligencia judicial, una labor profunda de prevención dirigida a los niños, a los jóvenes, a través de las familias, las instituciones públicas y privadas, el magisterio, los organismos culturales y deportivos, las iglesias, para que siembren la semilla de los valores, de los principios, del amor y el respeto a la vida propia y la aajena, porque es una gota de sol que, desgraciadamente, se está eclipsando…

Es tiempo, también, de que los actores políticos, los partidos y organizaciones, los grupos de poder, asuman responsabilidades como integrantes del tejido social que son, y que no circunscriban sus acciones solamente a cuestiones electorales y a la búsqueda del poder público, cuando bien pueden disponerse, públicamente, a abrir campañas contra las drogas (no solamente colgarse de la cruzada puesta en marcha por la gobernadora Claudia Pavlovich sobre el cristal) y contra la violencia, con la misma pasión con que promueven a sus precandidatos, con derroche de recursos.

En Cajeme tienen la palabra Andrés Rico Pérez, Rafael Delgadillo Barbosa, Fidel Covarrubias Miranda, Lorena Escobedo, Gustavo Almada, Javier Lamarque, Alfonso Durazo, Gilberto Gutiérrez, David Galván, Ricardo Bours, Eduardo Bours, María Dolores del Río, Rodrigo Bours, para que construyan los puentes de la auténtica política social, sumando esfuerzos y capacidades para construir no para destruir, partiendo de la premisa de que la seguridad es un bien común, y precisamente de los más importantes.

Le saludo, lector.

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