Las velaciones de la Virgen en los 60.-

137
0
Slider
Bernardo Elenes Habas

Las velaciones de la Virgen en los 60.- En cada casa había un altarcito engalanado en honor de la Guadalupana.- En el chiname de la familia de Cirilo Alcaraz, se cumplía una “manda” con especial devoción: tinas repletas de tamales de donde cualquiera podía servirse.

Bernardo Elenes Habas

Apenas se despedían los últimos rayos del sol, en las tardes frías del 11 de diciembre, a mediados de los 60, en barrios de Ciudad Obregón, los muchachos de entonces ya afinábamos las guitarras, para cantar en las velaciones de la Guadalupana.

Se conservaba intacta la herencia rural de las tradiciones. Las que cultivaban desde siempre, las familias de sangre ejidataria beneficiadas con el reparto de 1937, propiciado por Tata Lázaro. Pero también por mujeres y hombres provenientes de la sierra sonorense. De Sinaloa, y de otros estados de la República.

Primero había que ir, por la noche, a la capilla de Guadalupe. Sumarse a la peregrinación. Participar en un festejo popular con la venta de elotes cocidos y asados, ponches con piquete, churros, y quema de castillo.

Aunque hubo algunos años en que al final de las peregrinaciones, jóvenes que presumían de “rebeldes sin causa”, rompían la solemnidad y el respeto de la tradición religiosa, generando una guerra entre pandillas, utilizando como proyectiles los olotes o corazón de las mazorcas de maíz. 

Después, esa celebración se convertiría, por parte de la Iglesia, en una bien organizada verbena que a estas alturas será interrumpida, al igual que las peregrinaciones, siendo éstas en vehículos, por la contingencia sanitaria del coronavirus asesino.

En los barrios, las familias devotas de la Virgen de Guadalupe que prometían “mandas”, realizaban “velaciones”. Arreglaban un altar para el cuadro con la imagen de la virgencita, decorándolo con cadenas de papel de china resaltando los colores de la bandera. Encendían velas y veladoras. Rezaban el Rosario y entonaban responsos por intervalos en el transcurrir de la noche y hasta llegar la madrugada, para luego cantar las mañanitas.

Había cena. Tamales, menudo, cabeza, café de talega, que se repartía entre los asistentes.

Siempre fue una tradición, en la esquina de las calles 6 de Abril y Tabasco, donde radicaba en un chiname la familia de don Cirilo Alcaraz y doña Teodosia, que tenían entre sus hijos una guapa muchacha de nombre Lupita, quienes cada año realizaban una “velación”, a la que concurrían los habitantes del barrio y más allá.

Se desgranaban los Padre Nuestro de las cuentas del Rosario. Se alzaban hacia el cielo salmos a la Virgen. Se daba serenata antes de las 12, y al traspasar ese horario se cantaban las mañanitas con acompañamientos de guitarras.

Era, por supuesto, una noche singular para la gloriosa muchachada de entonces. Donde hacían ronda Fernando y José Luis Salinas Mora, Leonardo Rivas Martínez, José de Jesús Gutiérrez Sierra, Armando y José Vega Quiñónez, Simón y Víctor Leyva Armenta, Lorenzo Duarte Trejo, Jesús Antonio Salgado, Gregorio López Ruiz, Mario Larrañaga Dosal, mis hermanos Luis Mario y Juan Elenes Habas, Francisco Alcaraz, José Valencia, Ramón y Canuto Guzmán, Ángel Villarreal, y tantos amigos que se pierden entre la niebla del tiempo. 

Y era especial porque, después de brindar con tequila Siete Coronasque se adquiría con la cotización de todos, llegaba el hambre con un sacudimiento de tripas no acostumbradas a ingerir alcohol a media noche, y entonces recordábamos, donde anduviéramos, que en plena banqueta de la casa del viejo Cirilo, estaba una tina gigante con tamales, calentándose al amor de la leña de mezquite, en una improvisada hornilla con ladrillos, de donde uno podía servirse hasta sentirse satisfecho, porque regalar ese alimento era el valor y el sacrificio de la manda de los dueños de la casita que existió en esa esquina por muchos años, y donde hoy se encuentra una mueblería. Esquina en la que, por cierto, una noche de verano, mató a balazos un vendedor de hot dogs ofendido, al Güero Brujo.

El culto a la Guadalupana se extendía en todos los hogares de la ciudad, la periferia y colonias aledañas. La víspera se convertía en romería hacia la capilla de la Galeana y Durango. No existía aún el altar del Cerrito.

Hoy, la devoción persiste, aunque el Cerrito de la Virgen mantendrá cerrado su acceso y la peregrinación tradicional será en vehículos. Pero en muchos hogares las “velaciones” alumbrarán la noche. Aunque ya no es lo mismo, porque el temor que emana de la violencia desbordada, acecha en cualquier cruce de calles o recodos del camino…

—–o0o—–

Comentarios