“CITIUS, ALTIUS, FORTIUS”

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Dentro de las seis acepciones que la Real Academia de la Lengua tiene para el término “ideal”, para el caso que hoy nos ocupa, vale tener en cuenta dos: modelo perfecto que sirve de norma en cualquier dominio y su alcance en plural, conjunto de ideas o creencias de alguien. Resulta sin embargo, más operativo considerar a un ideal como un principio o un valor que se plantea como un modelo de perfección a seguir. Como tal, se trata de un estado inalcanzable pero infinitamente aproximable. 

Para los que creemos y nos movemos en base a ideales, el viernes 23 en la madrugada, pudimos disfrutar de la concreción de uno que se torna tangible cada cuatro años, pero que en éste caso particular, llegó un año después: los juegos de la XXXII Olimpiada de la era moderna. La ekecheria griega recuperada en 1896 por Pierre de Coubertin. 

El ideal olímpico que movió al pedagogo francés, desde su nacimiento se vio determinado por los vaivenes políticos y económicos de su tiempo. Al día de hoy, dichos determinantes lejos de desaparecer son cada vez más complejos, tanto, que su tuétano es cada vez menos patente y corre el riesgo de ser opacado por los intereses comerciales que gravitan a su alrededor. 

El movimiento olímpico ha soportado dos guerras mundiales y ahora, un pedacito de ARN viral lo puso de nuevo en la cuerda floja. El estadio olímpico de Tokio, que vivió días de gloria en octubre de 1964 durante la XVIII Olimpiada, hoy completamente remozado por el arquitecto Kengo Kuma con un costo que rondó los 1400 millones de dólares y con capacidad para 68,000 almas, lució vacio con no más de 1000 personas entre periodistas e invitados. Afuera del mismo, no pocos manifestantes hacían patente su desacuerdo con su puesta en escena, tanto por razones sanitarias como económicas y políticas. . 

Pero como todo buen ideal, la ceremonia inaugural hizo patente muchos de los elementos que lo sostienen: las coreografías que nos recordaron que la pandemia nos alejó pero al mismo tiempo nos reúne, el recuerdo y homenaje a los caídos, los aros olímpicos hechos con madera de árboles sembrados por atletas de la olimpiada de 1964, el logo oficial que traduce unidad en la diversidad; los atletas, los actores principales de ésta fiesta desfilando con alegría e ilusión  tras coronar largos años de entrenamiento y esfuerzo para dar lo mejor de sí en el campo deportivo; los inspiradores discursos de Seiko Hashimoto, Presidenta del Comité Organizador y de Thomas Bach, Presidente del Comité Olímpico Internacional, el juramento realizado en ésta ocasión por seis deportistas al mismo tiempo, la soberbia interpretación en japonés del himno olímpico por un coro de niños, así como la que Misia hizo del himno del país anfitrión, ver ondeando las banderas olímpica y japonesa para que Naomi Osaka, hiciera lo que años atrás realizó Yoshinori Sakai, “el bebé de Hiroshima”: encender el pebetero olímpico estilizado como un sol, en el país del sol naciente, dio un emotivo remate a una ceremonia empapada de la sobriedad y minimalismo japonés, en un estadio si bien vacío de personas, rebosante de millones de espectadores virtuales en todo el orbe para el inicio de una justa donde más de 11,000 atletas de 205 países competirán en 33 deportes. 

El fuego olímpico arderá hasta el 8 de agosto, se apagará por tres años para volver a arder en Paris del 26 de julio al 11 de agosto de 2024. A partir del viernes 23 gozaremos de la fiesta serratiana y el domingo 8 de agosto, la zorra pobre volverá al portal, la rica lo hará al rosal y el avaro a sus divisas… por unos días se olvidará que cada uno es cada cual. Porque como dijo Arthur Miller: Creo que no es posible vivir sin ideal, ni religión ni sensación de porvenir. Los hospitales estarían llenos de locos.

Salud y paz. 

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